Los desbordados

Nada es tan poderoso como una buena historia. El poder de contar historias es ancestral y nos une directamente a los humanos del siglo XXI (smartphone en mano y atentos al próximo #FF) con nuestros antepasados (dibujando bisontes en una abrigo y reunidos entorno a una fogata).

Una historia encierra varios posibles mensajes por parte de quien la cuenta y, lo que es más importante, diferentes interpretaciones personales por parte de quien la escucha en función de sus experiencias, sus conocimientos y sus valores.
Cuando nos dirigimos a una audiencia podemos contarles todo, exponer los hechos, ofrecer todos los datos; pero posiblemente los aburramos. Sin embargo, también podemos contarles una historia y entonces despertamos su interés, enlazamos con sus emociones, conectamos con sus experiencias y generamos sentimientos de pertenencia.

Contar historias es una herramienta poderosa para captar la atención de quien nos escucha. Una historia permite transformar un mensaje en una experiencia y sabemos que las experiencias quedan mejor grabadas en nuestra memoria que los datos.
Una historia, además, puede convertirse en una fuente de inspiración y, cómo no, estimula la imaginación, el pensamiento e impulsa a la acción.

A continuación te proponemos una historia de Robert Frank Mager que aparece en la introducción de su libro ‘Motivar para una formación eficaz’ (Editorial Gestión 2000). Una historia que habla sobre captar la atención, despertar el interés, motivar…
Esta es la historia:

Hace mucho tiempo, en una pequeña gota de agua, el rey Ameba decidió enseñar a sus súbditos cómo mejorar sus vidas. Recorrió el reino de Gotalandia de orilla a orilla, explicando a su pueblo cómo progresar. Pero nadie le escuchaba.
“Psst”, le dijo el consejero real, “primero tienes que captar su atención. Toma, frótate con esta poción mágica a base de ajo y todos te escucharán”.
El rey siguió su recomendación y volvió en busca de su pueblo para enseñarles cómo progresar. Pero nadie le escuchaba. Se alejaban nadando… y tapándose la nariz.
“Psst”, insistió el consejero real, “tienes que asegurarte de que te oyen. Toma, grita por este megáfono y todos te escucharán”.
El rey siguió su recomendación y salió a compartir su sabiduría. Pero nadie le escuchaba. Se alejaron nadando… tapándose la nariz… y las orejas.
“Psst”, repitió el consejero real, “tus súbditos son demasiado estúpidos para darse cuenta del saber que les estás ofreciendo. Tienes que obligarles a escucharte por su propio bien”.
El rey, entonces, ordenó que todo el mundo se reuniese en el Gran Gotarium y les habló “laaargo” y tendido sobre cómo mejorar sus vidas. Pero, cuando se abrió la Gran Puerta, sus súbditos huyeron nadando con tanto ímpetu que, sin saber cómo, se salieron de Gotalandia. Desde esos lejanos días se les recuerda como los desbordados.

Moraleja: la gente rara vez se acerca a las cosas desagradables

¿Qué haces tú para conseguir captar la atención de quien te escucha?, ¿y para despertar su interés?
¿Qué haces para conseguir que la gente se acerque a dónde tú quieres que vayan

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